Mi experiencia positiva con la copa menstrual: la historia de la cómica Jess Beaulieu

Mi experiencia positiva con la copa menstrual: la historia de la cómica Jess Beaulieu

Cuando era adolescente, mi vagina me daba muchos problemas. Era excesivamente caprichosa. Era extremadamente misteriosa. Era extraordinariamente diminuta. Parecía como si hubiera un muro de ladrillos bloqueando la todopoderosa entrada a mis partes íntimas. Durante mucho tiempo ni siquiera estaba segura de si realmente tenía un canal vaginal, porque era imposible acceder a él, estimularlo y… sentir placer. Ahora que conozco mejor mi propia anatomía, me doy cuenta de que, para mí, el placer no tiene NADA que ver con la vagina y TODO que ver con el glorioso clítoris. ¿Quién necesita la penetración cuando se tiene el cunnilingus? ¿A que sí, MI CUERPO?

Pero me estoy desviando del tema. Deseaba desesperadamente tener una vagina emocionalmente estable, totalmente sencilla y en la que «entrara fácilmente un pene». También me interesaba poder introducirme un tampón o, mejor aún, una copa menstrual (aunque por aquel entonces no tenía ni idea de que ya se hubieran inventado esos cilindros de silicona para la menstruación). Durante años y años y años utilicé compresas desechables (y seguí siendo virgen) hasta bien entrados mis veinte. Finalmente, tras una visita al ginecólogo, descubrí que la razón por la que tenía tantos problemas era que tenía algo llamado himen septado, que, por si no lo sabes, es una cantidad ingente de himen (el término médico para ello). Concretamente, hay una banda gruesa que cruza la abertura de la vagina, y eso era precisamente lo que me daba esa sensación de «pared de ladrillos». El misterio se había resuelto. Mi vagina no era caprichosa ni microscópica. Simplemente tenía mucho himen.

Así que hice lo que haría cualquiera con un himen enorme. Me lo extirparon quirúrgicamente. Al menos ahora puedo decir que perdí mi virginidad con un médico. Está bastante bien, ¿no? Pero, incluso después de haber perdido oficialmente mi «virginidad» extirpada quirúrgicamente (a la avanzada edad de 21 años), de alguna manera TODAVÍA me costaba meterme un trozo de algodón ahí dentro. Podría haber sido por los nervios, el miedo y el trauma de mis días de virginidad de antaño. Podría haber sido por mi falta de experiencia con objetos que no fueran penes. Podría haber sido que mis partes íntimas se estuvieran rebelando contra los productos químicos, la lejía y los sintéticos que les estaban causando daño desde dentro sin que yo me diera cuenta siquiera.

Fuera cual fuera el problema concreto, solo conseguí ponerme un tampón unas cuantas veces, y eso ocurrió sobre todo porque estaba de viaje, caminaba muchísimo y existía la posibilidad de darme un baño en la piscina. Por eso, las compresas no eran realmente una opción. Pero, aparte de esos casos concretos, acabé usando una compresa higiénica (un término que detesto) que me resultaba tremendamente incómoda, asquerosa y ruidosa. Por mucha edad que tuviera, por muy formada que estuviera o por muy liberada sexualmente que me sintiera, los tampones seguían asustándome. ¿Y si sufría un síndrome de shock tóxico? ¿Y si no encontraba el cordón? ¿Y si mi útero SE LO TRAGARA ENTERO Y LUEGO DIERA A LUZ A UN BEBÉ-TAMPÓN ESPELUZNANTE NUEVE MESES MÁS TARDE?

Todo aquello era demasiado para mí. Acepté mi miserable destino como usuaria eterna de compresas desechables y seguí con mi vida. Hasta que empecé un podcast sobre la menstruación llamado «The Crimson Wave» y una invitada tras otra me recomendó la copa menstrual. «¿Qué es esa copa menstrual de la que habláis?», pregunté, incrédula ante la idea de que cualquier otro producto pudiera ser compatible con mis problemáticas partes íntimas. Pero, después de que mi tercera amiga me dijera: «JESS. Justo tú, de entre todas las personas, deberías probarla, ya que odias los tampones, no te gustan las compresas y tienes un PODCAST SOBRE LA MENSTRUACIÓN». La verdad es que no se equivocaban. Como dice el refrán: «Si no te gusta algo, cámbialo». Yo había optado por seguir el dicho menos conocido: «Si algo no te gusta, sigue usándolo hasta los 26 años y también hasta que te mueras». Pero pensé que sería bueno cambiar las cosas, atreverme y probar algo nuevo. ¿Qué tenía que perder? Mi entrepierna, siempre llena de compresas, ya estaba sufriendo y la situación no podía empeorar más.

Así que compré una copa menstrual en una tienda de productos naturales. Aunque costaba más que los productos desechables, pensé que, si esto funcionaba, me duraría cinco años más y eso supondría un ahorro enorme. Pero, aunque estaba muy ilusionada con la posibilidad de descubrir una opción más respetuosa con la vagina, seguía teniendo miedo de que esta opción me fallara como lo habían hecho las demás. Así que dejé la copa en su caja precintada durante cuatro ciclos. Cada mes la miraba con escepticismo, negaba con la cabeza y me iba de mal humor al baño para quitar el adhesivo de OTRA triste compresa y pegarla a mis braguitas, que ya no me convencían.

Entonces, un día, miré directamente a la copa, me lancé a la aventura y grité: «¡A la mierda! Voy a dar el paso», que, por cierto, es lo mismo que dije la primera vez que vi un pene. Abrí la caja de un tirón, leí las instrucciones, probé un pliegue que esperaba que fuera el adecuado para mí, cerré los ojos, separé los labios vaginales, levanté la pierna, respiré hondo y di ese maldito paso. Para mi sorpresa, la copa se deslizó sin problemas y, no solo eso, sino que apenas la noté dentro de mí. Era esa sensación de «no sentir nada» que siempre me habían dicho que mis amigas experimentaban con los tampones. Era todo lo que había soñado que sería y estaba en la luna. La copa se fue llenando a lo largo del día y me olvidé por completo de que este increíble producto estaba funcionando dentro de mí. Doce horas más tarde, mientras hacía pis, dije: «¡Ah, sí! Debería… vaciarla ahora, supongo». Y así lo hice. Empujé un poco, agarré el cordón, tiré con firmeza y, de nuevo, se deslizó hacia fuera sin problemas. Fue tan suave como la mantequilla vaginal. Vertí la sangre en el inodoro, la lavé y la volví a colocar en su sitio. Sin nervios. Sin miedo. Solo felicidad.

De eso hace ya dos años y nunca me he arrepentido. La copa fue mi salvación y sigue siéndolo. Y lo mejor de todo es que puedo seguir disfrutando del sexo oral con ella puesta. ¿Quién necesita la penetración cuando tienes el cunnilingus? ¿A que sí, MI CUERPO?

¿Quieres leer más? Entra en http://msjessbeaulieu.tumblr.com

Foto: cortesía de Pinterest